
No sé cómo hubiera sido ir con
Hemingway a San
Fermín o a navegar
por La Habana. O beber un vino con
Cunqueiro en
Mondoñedo, o cantar con Pucho
Boedo en
Monelos. Pero sé lo que es ir a pescar con
Moralejo. La vida te da unas
increíbles oportunidades. A mí me la dio un amigo, cuando me presentó al Profesor, y luego me la dio el propio Juan José acogiéndome en su mesa. No concibo una temporada de pesca, donde y como sea, sin el espíritu de
Moralejo. Es como un cauce libre, limpio y muy sabio. Un río que atraviesa la vida con serenidad, pero con una enorme fuerza en sus aguas. No sólo es un honor, sino una suerte, porque lo que se aprende con
Moralejo no se enseña en las Facultades, aunque también
refresquemos el latín y el griego, cosa que se agradece, y la historia, y la filosofía, y la política, la vida... He tenido la ocasión de sentarme un par de veces con él últimamente al lado del río, pies en verde y vadeador calado como Dios manda, o San Pedro, que es el que gobierna a esta parte de la corte. El
Ulla, el
Mandeo, acompañando sus palabras, conforman una sinfonía especial que sólo escucho cuando
Moralejo, que ya es un poco mío, lanza a mi lado unas mosquitas o una cucharilla. La temporada sigue. Volveremos al
Mandeo, caeremos por el Tambre y le daremos en los
peteiros al
Ulla, que sé que le gusta al Doctor, porque así
ironiza con otro no menos docto escritor
catoirense. Un año pesquero no se entiende sin algunas cosas, como los ríos. O Moralejo.